martes, mayo 19, 2026

YO HE VENIDO A HABLAR DE MI RATIO

Os recuerdo: Elia, Paula, Álvaro. Era el curso 2019-2020 y tuve el enorme gusto de trabajar con vosotras. Además de la clase ordinaria de Lengua y literatura, impartía una hora al grupo de excelencia, un total de nueve estudiantes con altas inquietudes o sensibilidades. Allí, en el departamento de Valencià, nos reuníamos una vez por semana esta clase especial y desarrollamos un proyecto de escritura creativa que titulé "La poesía y el mar". (1) Este no ponderaba como el resto de asignaturas.

Os recuerdo: Marta y Luli, siempre sonrientes, a menudo exhaustas. Hacíais el esfuerzo de quedaros conmigo de 14 a 15 para escribir romances, sonetos, haikus, incluso experimentamos con las tachaduras y, en fin, reímos mucho en compañía de las metáforas. Hasta que nos pilló el carro de la pandemia y terminó casi todo. Aun así guardo la polaroid que tomamos a la vuelta, en la antigua normalidad, y en aquella complicidad. Y es que esa hora extra era plácida y preciosa. Por entonces, aún se oía el eco de un tal Wert que despreciaba las humanidades. Nosotras aprendíamos con la poesía, ese género minoritario, y creíais en ella como un desahogo y algo bello.


Pero yo he venido, Paula, Celia,  a hablar de mi ratio: creo firmemente que aquella clase, especie de club literario secreto, ilustra el poder exponencial de un aula con una proporción de alumnado baja por cada docente. No solo hay tiempo para desarrollar la enseñanza-aprendizaje en condiciones óptimas, sino para conocernos y mirarnos. Sé que Álvaro estudia Filología. Me contó una vez que su yayo cazaba pájaros hundiéndole a uno clavos en los ojos para que llamara a la bandada. Álvaro era extremadamente sensible y se hizo vegano. Sé que Elia estudia Medicina. Fue  mi alumna de 2º a 4º ESO. Disfrutaba de cada asignatura como si la división absurda entre ciencias y letras nunca hubiera existido. Recuerdo a Aurora, la más pequeña del grupo, música maravillosa del famoso Sedajazz. Aquel grupo erais mi oasis y entiendo que es prácticamente irreproducible; tampoco los docentes pedimos eso. Pero imaginad por un momento, familias, clases de máximo veinte estudiantes. ¿No pensáis que  el aula se convertiría en un lugar en que vuestras hijas e hijos querrían estar todos los días? ¿No haríamos toda la comunidad un sitio en que afianzar una visión más crítica y creativa y atender todos los casos y necesidades? ¿Un pequeño cosmos en el que abrazar la diferencia que ocupa siempre “el otro”?


Así, como estamos, no nos llegamos a conocer y supongo que todas las partes simplemente hacemos  lo que podemos. A menudo el profesorado es la némesis para el alumnado, tan cerca unos de otros, verdaderos desconocidos en un océano que nos ahoga. Y es que los espacios importan. Satura un entorno con gentío y ruido, de ocho de la mañana a tres de la tarde (esa es la jornada de nuestros discentes, normalmente clavados en una silla); con frío o calor igualmente húmedos, ausencia de materiales y aulas atractivos, espacio hostil o demacrado como un paciente en la UCI. No es raro que quieran salir huyendo como las lágrimas de Garcilaso.

Los y las docentes no pedimos mejoras únicamente para nuestro colectivo: reivindicamos centros escolares dignos, acogedores, acondicionados; lugares que recojan anhelos y vocaciones de nuestro alumnado; espacios diáfanos y amueblados, que inviten a quedarse. El sistema nos pide la innovación finlandesa (2) , pero nos da colegios e institutos cerrados y abarrotados. A menudo mis discentes afirman que están en una cárcel; Ken Robinson (3) plantea el espacio como herramienta estimulante o, en caso contrario, sofocante.


La transformación no se consigue con aulas masificadas, apretadas como en los años de Thatcher, ni con aquel menosprecio ochentoso. Hay que bajar las ratios en los centros escolares. Y por ese cambio profundo algunos docentes estamos luchando.

























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(1) En esta página, se puede ver el libro personal que Elia elaboró durante el confinamiento en 2020: https://publuu.com/flip-book/1111605/2475230


(2) Alberto Torres Blandina trata el tema de los espacios y horarios adecuados al sistema económico y no siguiendo criterios pedagógicos en su ensayo El arte de educar a estúpidos, Barlin libros, entre muchos aspectos más.


(3) Recomiendo este libro de Ken Robinson para tener una idea general de los obstáculos que pone el sistema al proceso de enseñanza-aprendizaje y cómo esquivarlos: Escuelas creativas, Debolsillo.



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