domingo, noviembre 01, 2015

LA MISERIA TAMBIÉN



Dejo a un lado el locutorio

y decido arrancar el poema,
a salvo en un chat el mundo entero
un sábado noche:
enfermedad/semen/fortuna.
Antes pensé, a la ida
de mi paseo urbano,
que debía hablar del club de tenis y la raza que lo habita,
aquellas madres úber
y con tanto plástico en el cuerpo
para operar su tristeza;
pensé, tú que sonreías,
que tu marido te la pega aunque te llene de anillos,
pero luego pensé Mi marido también me la ha pegado
y en qué nos distinguimos tú y yo, en poco, en nada,
salvo que yo lo escribo y letargo luego
y tú te pones las cremas más caras
y te pones caliente con tu profesor de pilates.
Pero mi atención, decía,
mientras le bajaba yo a la noche por la garganta,
se quedó en el locutorio,
el lugar del cruce de todo el logos:
No tengo dinero, envíame algo desde España;
Quítate la ropa que la tengo dura;
Cómo suicidarse con medicamentos...
Y veo que el locutorio es un fragmento del ventanal
(me avegüenza esta mirada mía que tengo
que va de arriba a abajo y tiene mucho de acento francés,
ojos de la escuela de Ferdinand de Saussure)
y que la miseria también
está estampada en mi camiseta.




4 comentarios:

Miguel Ángel Pegarz dijo...

Simplemente demoledor. Pura esencia humana y desesperación hecha letras.

Kalonauta dijo...


La miseria hecha Belleza es menos miseria...

Un abrazo

yo, la reina roja dijo...

Abrazos, Miguel Ángel y Kalonauta.

andoba dijo...

Pues sí, la miseria anda por todas partes. Por eso a veces hay que sonreírle a la vida, ¿no?

Cuánta vida derramas en los poemas, Carolina.

Besos.