miércoles, enero 08, 2014

EL CUMPLEAÑOS


El día del 30 cumpleaños de Antonio García De Lejarza fue también el de su muerte. La señora de García no sabía muy bien qué hacer, aparte de llorar, claro está. De hecho, su jornada había comenzado de forma muy extraña pues, justo cuando recibía la funesta noticia por teléfono a las 9 de la mañana −momento en que ella aún remoloneaba en la cama−, tuvo que contestar con una rampa en la pierna derecha sin parecer que disfrutaba de un orgasmo. Si nos fijamos, el gemido de dolor y placer suenan parecidos.
El agente encargado de comunicar la noticia a la reciente viuda recibió un escueto "Sí, de acuerdo" en su móvil que, por cierto, lo dejó helado. Pensó: "Hay que ver cómo se toman las muertes hoy en día. Ni la muerte, con la crisis, es lo que era".

−¿Qué haré con todos los regalos que Antonio nunca abrirá? − dijo la viuda en voz alta ante el espejo del baño−.

−¿Por qué pediría tickets regalo en las tiendas? −pensó mientras orinaba. También pensó en qué ropa interior debía ponerse para el funeral, si debía ser también negra, porque incluso para nuestro cerebro la pena tarda un tiempo en procesarse y se aleja instintivamente con pensamientos absurdos como ése−.

−¿Debería devolver los paquetes a los grandes almacenes o regalarlos "de nuevo"? −añadió mientras se lavaba las manos−.

Esa mañana, Antonio había salido temprano con su coche azul polar a dar una vuelta más allá de los límites de su ciudad. Quería encontrarle repentinamente un sentido a su existencia y decidió hacerlo fuera de la urbe, contemplando los huertos que la rodeaban, paseando entre caminos terciarios en los que los coches echan sus carnes a los lados para dejar pasar a los camiones de animales... Le pareció que el día era especialmente favorable para dar una vuelta solo, no únicamente porque fuera su cumpleaños, sino porque sentía cierta energía primitiva, una gana de vivir intensa anidando en su estómago.

Buscó un lugar para dejar el vehículo, un lateral del camino estaba bien, pensó, porque no era una vía muy transitada aquella que vertebraba una de las pedanías de la ciudad. Ni se había fijado en que había salido de casa con el traje del trabajo (De Lejarza era abogado) pero, llevado por el resorte de su reciente vitalismo, le dio exactamente igual sentarse en el suelo y mancharlo. Recordó entonces, con media sonrisa, cuando de joven se sentaba en el suelo a fumar con sus amigos de la universidad para hablar de chicas y de los libros de Oscar Wilde que nunca les mencionarían sus profesores de carrera.

Sacó de su bolsillo interior un paquete de cigarrillos y le dio un golpecito en el borde a uno extraído al azar, como había visto en alguna película. No fumaba mucho. Nunca por las mañanas. Le parecía verdaderamente asquerosa la idea de fumar nada más levantarse. Pero, qué bien le sentaba en esos momentos un pitillo; echar el humo sobre el paisaje de la ciudad que ahora podía atrapar de lejos, en un puño, como si fuera un pequeño dios arrojando niebla.



Entre sus últimos pensamientos estuvo el dejar a su mujer, no por nada personal, entiéndase; por el gusto de la aventura, de alejarse de la cotidianidad y los que te conocen. Sin embargo, tomó el camino de regreso a casa, con cierto sabor a estoicismo, para darle a ella un beso en los labios aquella mañana de julio en que había alcanzado la treintena.


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"El cumpleaños" fue finalista en el Premio de Relato Ilustrado de Opticks Magazine 2012. La ilustración es de Laura Castelló.

1 comentario:

Kalonauta dijo...


Muy chulo el relato, y también la ilustración.

Es verdad que cuando tu vida sufre un duro golpe, a veces te distraes inconscientemente con los detalles más triviales... Cuando corté con mi última novia, durante varios días, al acostarme por las noches, en lugar de darle vueltas a eso me dedicaba a escuchar en la lejanía una alarma que se había disparado en un bajo comercial, en el otro extremo de la calle, y a preguntarme por qué no iba nadie a apagarla de una vez... El cerebro humano funciona a veces de forma caprichosa.

¡Un abrazo!