domingo, octubre 28, 2012

EL DÍA QUE ME ESCONDÍ EN ZIGGY STARDUST

El día que me escondí en Ziggy Stardust comenzaron a pasarme cosas sorprendentes.

Para empezar, guardando la entrada, había un hombre caimán de 1,80 cm que me enseñó sus sucias uñas;  pero decidí entrar asumiendo los riesgos. 
Me puse un traje de astronauta que había colgado de un perchero y subí por una escalera que cruzaba una boca de ballena. Seguí subiendo al menos 5 km más con apenas luz -sólo unas bombillitas muy baratas de colores, de esas que se colocan en algunas casas por Navidad-. Llegué por fin a un espacioso salón en el que flotaban pelucas rubias de corte estilo Cleopatra y gafas de sol amplias. En medio, el único mueble: un sofá granate de piel con David sentado, posando una pierna sobre la otra y acariciándose un brazo, como un cisne aristocrático. Antes de darse cuenta de mi existencia, se retocó los labios de un rojo muy ácido y, cuando acabó e hizo click en su espejito también de forma de labios, me ofreció un Gin Tonic. 

-Con un toque español -me dijo-.

Y vi que había una aceituna deshuesada en la copa. Al ir a cogerla me caí en su interior y David se lanzó conmigo de la mano. Creo que debimos descender por el tubo de la copa el doble de lo que había subido antes, unos 10 u 11 km. 
Caímos en la noche, una noche llena de estrellas, por supuesto, y dijo: 

-Mira, yo he subido a esa estrella, y a esa, y a esa otra. ¿Y tú?

Luego nos recogió una limusina (dentro le confesé que no me gustaban las limusinas pero que con él hacía una excepción) y al salir me fijé en que habíamos estado en una tal Ciudad del Sufragista. Me entró una gran emoción y sólo pude mirarle y decirle: 

-Eh, tío, déjame en paz.

La limusina, paró, se abrió la puerta, marchó y me quedé en tierra, así que pensé que tenía que volverme a casa andando y sola en la oscuridad. Creo que a David le sentó mal aquella frase que no era mía. 
Pero, de repente, apareció el guarda de seguridad, el hombre caimán, con su cabeza en la mano, porque era un disfraz, que estaba contratado de pega para espantar a los que llevan corbata todo el tiempo, y me ayudó a encontrar el camino y hasta me pidió un taxi con su móvil de última generación. 


3 comentarios:

dEsoRdeN dijo...

El texto me ha gustado mucho, pero... qué botas más ultraglam!!!

Doris Dolly dijo...

Reina.. recibe mis saludos desde Argentina

yo, la reina roja dijo...

Ya te digo, desorden. ¡Yo me caería con ellas por el barranco!
Bienvenida, Doris. ¡Un abrazo para allá!