sábado, julio 30, 2011

THE POOL (parte 1)

La piscina estaba bien, en realidad, decidí quedarme en el hostal por la piscina. Los hostales españoles no suelen tener una y, si es así, no son como en los moteles de carretera americanos. Mi recorrido por la costa me llevó entonces a Calpe, hostal La Gaviota, entre Benissa y Altea. Sé que las cosas así contadas no suena muy apetecibles. Todo suena mejor con otra toponimia: que si Tokio, que si Nueva York… Imaginemos que aparcaba mi 1969 Dodge Charger Green (en realidad, un seat Ibiza 3 puertas) en el porche del motel; que vengo de Seattle y hago parada en Portland. Que en lugar de Jaquelina me llamo Jacqueline.
Todas estas cosas las voy anotando en mi diario de “trabajo”. Si las escribo tal cual es verdaderamente aburrido, y mi trabajo, aunque me lo tome en serio, no es nada aburrido.
Voy a recepción y recojo mi llave, que lleva el número 8. Es un número que está bien y que determinaría cómo iba a acabar mi jornada laboral. Di las gracias a la señorita Leonís/ Lenace y dejé mi escaso equipaje bien ordenado en cajas, cajones y demás compartimentos que ofrecía la habitación. Me cambié de ropa −un vestido rojo ligero, con unas sandalias planas, una rebeca contra el fresco de verano− y bajé a oler el cloro de la piscina del motel. The seagull. “¿Tenéis cocktails?”, le pregunté a Leonís/Lenice. “Sírveme uno que tenga un nombre muy extranjero”. Entonces, con mi Tequila Sunrise en la mano izquierda, comencé a elaborar mi agenda de la noche. Me gusta programar bien mi trabajo para que no se queden cabos sueltos. Casi sin darme cuenta, un francés de unos 44 años, pero bastante ajado, reptó hasta la silla que hacía cuatro alrededor de mi mesa. Llevaba una camisa desabrochada con flores muy típica y dejaba a la vista su pecho velludo como un campo de trigo negro. Con su descontrol de mi lengua nativa entabló una conversación que se reducía a “¿Quieres venir a mi habitación esta noche?”. Yo miré alrededor. Vi que tenía 2 hijos, que agotaban los últimos rayos de sol en las teselas azules. No me importaban verdaderamente las gotas de agua clorificada en mi bebida por el chapoteo infantil, pero sí me importaba la baba que este ser degenerado producía. Por aquello, decidí cambiar mi trabajo de esa noche en el motel y citar a Jean Pierre en mi habitación. “Trae mucho hielo”, le pedí.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Esperando ansioso la continuación... Alfredo J. Lloerns

dEsoRdeN dijo...

Mmmm... quedan cabos sueltos sobre los que reflexionar para la 2ª parte... ya tardas!

yo, la reina roja dijo...

Tengo la parte final, pero no os la doy hasta el sábado que viene.
Si alguien quiere especular...

guilopa dijo...

A mi me da que es una historia truculenta. ¿No nos va a salpicar verdad? Por si acaso me pongo las gafas de leer :P
Estoy deseando ver cómo acaba!

yo, la reina roja dijo...

Pues sí, guilopa, algo truculento sí que es el final... Gracias a todos por leer, queridos amigos.