domingo, junio 26, 2011

ESCÁNDALO PÚBLICO

Lo que voy a relatar no pretende exculparme de lo sucedido aquella mañana en que cogí el 61 dirección centro. Sin embargo, sí deseo que conozcáis las circunstancias que me llevaron a hacerlo. Ese día había salido de casa para hacer la renta. Tenía permiso en el trabajo pero no pretendía gastar más del necesario por esta burocracia a que la vida civil me obliga. Así que subí al autobús con cierto estrés. Me di cuenta de que el conductor –me fijé porque no respondió a mi saludo– era bajito. En efecto, las piernas no le llegaban bien a los pedales; su conducción era nefasta. Me tuve que sentar –no acostumbro– porque uno de sus frenazos casi me cava una tercera fosa nasal. Conforme me dirigí al asiento noté la presencia de una rubia de barbilla prominente. La peliteñida volvió a captar mi atención porque mascaba chicle como si pediera por la boca. Intenté no focalizar en ella y busqué en mi bolso una lectura: “Un relato de Poe me distraerá”. Pero los blang, blang, blang (tres pompas por cada lengüetazo) hicieron insostenible la lectura. Los frenazos tampoco contribuían a mi paz. Pensé que debía, en lugar de luchar contra los asquerosos vaivenes de saliva (tenía ganas de levantarme y sacarle el chicle con una bolsa como los dueños civilizados cogen las mierdas de sus perros en los parques), unirme al sonido y contar los blang, estudiar su frecuencia, parecido o variaciones. Pero luego una pareja de estudiantes con falda comenzaron a sorber unos calipos, un energúmeno voceaba de política y el blang de la saliva me perforaba las sienes… Fue cuando saqué del bolso una pistola. Y cambié el blang de la rubia por un bang. Sus sesos quedaron hermosamente dispersos por la VENTANILLA DE SOCORRO, el conductor por fin alcanzó los pedales y las estudiantes se tragaron el calipo. No soy una psicópata; en realidad les estaba apuntando con el dedo, aunque los gritos que pegué eran reales y les miraba a todos con cara de mellevotulengua.
Ahora estoy aquí, en esta salita de espera. El psiquiatra me ha dicho que anote las cosas tal y como sucedieron.

5 comentarios:

Elena Lechuga dijo...

Cuando el psiquiatra vea cómo levantas la mano, se acojona fijo.

andoba dijo...

Matrix o la imaginación al poder. Tú sigue amagando (¿quién no ha deseado alguna vez algo así?), que igual un día termina por salir la bala.

Besos.

Jesús Ge dijo...

jajajajajaja. Grande Reina!! Lástima no haber llevado el dedo cargado.

yo, la reina roja dijo...

Bienvenido, Jesús Ge.
Los dedos índice son muy peligrosos (mi madre aún, cuando me "riñe", me da golpecitos con él).

dEsoRdeN dijo...

Cada día en el metro tengo los mismos deseos. ¿Es grave, doctor?