martes, enero 20, 2009

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR

Habíamos salido a cenar Alberto (El talento de los demás), Alberto (La posibilidad de Mia Hakala) y yo. Comimos humus con carne y milhojas de pera. No sólo eso, pero es lo que recuerdo. Charlamos un rato (de libros, Faulkner, conocidos y las fans ardorosas de Alberto 2) pero Alberto 1 tenía dolor de cabeza y yo tenía que madrugar, así que nos fuimos a casa de alguien que tenía que estar en la cena pero que no estuvo. Alberto 1 se alojaba allí, en casa del anfitrión ausente.
Lo primero que nos impresionó de la casa de aquél (el que no estuvo) fue su amplitud y la amplitud de su librería. En las baldas blancas había literaturas de todos los colores. Cotilleamos un poco, y comentamos que vaya suerte de piso, que qué cabrón, y que vaya biblioteca doméstica, sobre todo siglo XIX y Nocillas y Vila-Matas. Mis manos celosas se aproximaron y tocaron una serie de lomos de libro en reposo. Y uno que tenía un tigre dentro llamó su atención. Manos, ¿cómo no habíais sostenido antes la conocida novela de Luis Sepúlveda?
El libro no era exactamente del ausente sino de su novia o ex novia (no sé), y me supo mal meterlo en el bolso. Expolio provisional, pensé. Una profesora pésima, de Historia del arte en Bachillerato, dijo una vez que robar arte era algo más o menos lícito, si era por amor (al arte). Esto fue lo único que me pareció más o menos sabio, que no legal, de lo que me enseñó. Así que le robé al anfitrión desaparecido.
Y lo leí, en mi cama, en un par de días. Me costó "acostumbrarme" a él, sorteando algún pasaje borroso como la selva que describe. Pero tras releer la brillante metáfora inicial, me adentré con micos y bejucos y disfruté de su crudeza, escatología maravillosamente relatada (incluyendo tajos en cuello, dientes fuera y mierda en cabezas), diálogos naturales, alguna sentencia atinada ("la obra maestra del hombre civilizado: el desierto") y estampas de la amazonía muy vivas.
El final me dio que pensar, con Antonio José Bolívar frente a la tigresa (la caza del animal es el hilo conductor). En referencia al título, el protagonista es menos lector que guerrero; es salvaje, amante de la selva (¿selvaje?) , su verdadero libro, cuyos pasajes sabe de memoria como el más iletrado shuar.
Antes de devolver el "robo provisional" a su dueño, quería recomendarlo. Que me disculpe el susodicho.



*Un viejo que leía novelas de amor, de Luis Sepúlveda, fue premio Tigre Juan en 1988 y está editado por Tusquets.

4 comentarios:

elpalabarista dijo...

A mí no me gustó mucho. De la selva ya han escrito muchos autores sudamericanos, ¿no?

Lucita dijo...

no he leido el libro pero si tengo ocasion lo pillare, tu comentario me ha abierto el apetito...jeje

me alegra que te haya sorprendido el poema!

cuidate preciosa
lu

dEsoRdeN dijo...

Ya lo dice el refrán: quien roba a un cabrón (sic, "Cotilleamos un poco, y comentamos que vaya suerte de piso, que qué cabrón..."), 100 años de perdón
por fin he vuelto
bss

yolareinaroja dijo...

Ja, ja. Hombre, visto así...